La pasión conduce muchas veces a la locura
William Shakespeare
En el arte de la abogacía, la pasión y la vehemencia forman parte del alma de cada abogado, un reflejo de su dedicación y compromiso hacia el cliente y la causa que defiende.
La pasión de los abogados, en su máxima expresión, es tanto una herramienta de persuasión como una prueba de su humanidad. Nos recuerda que, en el fondo, la justicia no es una fría administración de normas, sino un vibrante ejercicio de convicciones y principios. Sin embargo el desafío, para nosotros los abogados, reside en saber gestionar esta pasión cuando los frutos no son los esperados, pues, del mismo modo en que se vivió intensamente esta pasión, se experimenta luego la indignación en igual medida. Esta experiencia es común a cualquier profesional que se entrega con devoción a su causa, pero quizás en el caso de los abogados la intensidad de esta pasión y la consiguiente indignación sean aún mayores debido al estrecho vínculo que tienen estos sentimientos con los principios de justicia y equidad.
Supongo que esta es la vivencia que debió experimentar el abogado o la abogada en cuestión al ver, meses más tarde, cómo la Sala Tribunal Superior de Justicia de Cataluña desestimaba sus peticiones en este fragmento en el que no puedo más que admirar la intensidad entregada en la defensa de los intereses litigiosos de su cliente, así como en la protección de su honor, reputación e integridad moral ante lo que fue percibido como un ataque insidioso. (Sentencia 15/03/2024, rec. 5543/2023)
«…las absolutas falacias y falsedades que se explicitan en la demanda y que fueron ratificadas en la vista oral por la letrada de los actores (.) que de la simple lectura de la demanda se concluye sin ningún género de duda la existencia de graves acusaciones (incluso con responsabilidad penal) al acusar a mi mandante de racista y de que en realidad los motivos del cese obedecen al color de piel o condición de inmigrantes de los actores (inmigrantes racializados según dicela demanda), que mi mandante además los considera seres primarios e incapaces de no sucumbir a susinstintos más primarios, que se buscaba la vergüenza para que no denunciasen (.) demanda que destila odio por todos sus poros, y sin la menor prueba se acusa a mi mandante de que el móvil del despido es únicamente por el color de la piel de los actores, y como no, se pide una indemnización por daños morales de 30.000.-€ (.) que la letrada de los actores fue advertida en el SMAC (ver acta de conciliación) de que debía retirartan gruesas acusaciones, y no solo no lo hizo, sino que además facilitó información que solo ella posee al sindicato que representa habitualmente, que en nombre de los actores preparó y distribuyó octavillas (.), colgó pancartas en las instalaciones de mi mandante, insultándole y llamándole racista explotador (.) que mi mandante ha sufrido un suplicio y un daño reputacional irreparable con las proclamas de baja estofa provocadas por la dirección letrada de los actores, que convocaron manifestaciones tanto en las instalaciones de la empresa como del juzgado el día de la vista oral (.) y que no es de recibo la acción condescendiente del Magistrado actuante, que tras verificar el absoluto ridículo que supone no presentar la menor prueba tras ratificarse en la nulidad y las acusaciones de racismo y esta parte tener que realizar la vista defendiéndose de las mismas y desarmándolas con todo tipo de argumentos, solo es al momento de realizar las conclusiones por la parte actora cuando se le sugiere si mantiene la acción de nulidad (como dándole a entender que era insostenible su petición) todo y con ello con total desprecio al sentido común y con una desfachatez insufrible se dice que claro que como no tenían grabadora no pueden probar nada que son víctimas de un delito de difícil prueba, etc…., pero finalmente se desiste, (.) que se hace un «flaco» favor a nuestra jurisdicción cuando se permite sin consecuencia de ninguna clase la acusación gratuita, el insulto y la calumnia, así como convertir en un «circo» el procedimiento laboral que nos ocupa, pues si se puede acusar sin causa, condenar públicamente de delitos que no existen y encima pedir indemnizaciones altísimas sin que nada pase, al final lo que se consigue es que tan reprobable conducta se convierta en algo habitual y lo que es peor, que se convierta en el modus operandi de determinados «profesionales» (.) por lo que solicitamos que se imponga la pertinente multa por temeridad procesal o cuando menos se inste a la representación letrada de los actores a que por escrito se disculpe de las acusaciones de racismo vertidas sobre mi mandante dada su total, completa y absoluta falsedad…«.
La pasión, al igual que el fuego, es una fuerza de doble filo: puede ser inmensamente útil cuando se canaliza adecuadamente para alimentar la motivación, el compromiso y la perseverancia. Pero, si no se controla debidamente, puede transformarse en un incendio descontrolado de resentimientos, algo que, como bien sabemos, es corrosivo y perjudicial para el bienestar y, en nuestra profesión, capaz de sugestionar una mala percepción de la justicia. Recordando a F. Scott Fitzgerald:
«Los corazones apasionados son a menudo los más vulnerables, y la pasión mal dirigida puede ser su propia ruina«

