Acabo de leer el Acuerdo de 28 de enero de 2026 del Pleno del CGPJ, publicado en el BOE el pasado 30 de enero, que aprueba la Instrucción 2/2026 sobre el uso de inteligencia artificial en la actividad jurisdiccional. Es un texto que, leído con calma, tiene la virtud de los catecismos. Te explica cómo debería ser el mundo y, de paso, te recuerda que el mundo no es así.
La intención es sencilla y conmovedora. La IA se puede usar, sí, pero siempre bajo “control humano real, consciente y efectivo”. Dicho así, a mí me produce una ternura rara. “Real, consciente y efectivo”. Como si el propio texto admitiera que, en algún rincón del ecosistema judicial, existe también el control humano irreal, inconsciente e inefectivo. (Cuando se subraya tanto una virtud, igual es porque ya se empieza a echar de menos).
Para aterrizar esta promesa, la Instrucción despliega principios. “Principios”, palabra que suena a mandamiento. Solo que los mandamientos ocupaban poco en la tabla de Moisés. Claro que luego vino la práctica, la glosa, la excepción, la exégesis y, con el tiempo, el “depende”. La tabla era compacta. La realidad, como siempre, es expansiva.
Yo me pregunto si el redactor de esta Instrucción imagina a la Carrera Judicial como una pequeña comunidad calvinista, de autocontrol férreo, disciplina de hierro y examen de conciencia permanente. ¿Me he dejado llevar por la concupiscencia del prompt? ¿He pecado de copia y pega? Confesionario digital, penitencia en forma de curso de capacitación y absolución por trazabilidad. En este punto me asalta una sensación conocida. La de que los redactores de nuestras normas viven en una burbuja con buena ventilación y mala acústica. Se legisla como si bastara con invocar la racionalidad para que la racionalidad comparezca. Pero España no es el país del manual de buenas prácticas. Conviene recordarlo, nuestro género literario por excelencia es la picaresca.
El Lazarillo no habría sobrevivido ni tres páginas con un “principio de control humano real, consciente y efectivo”. El Lazarillo vive de otra cosa. De entender el sistema, de olfatear la grieta, de convertir la norma en decorado y la necesidad en argumento. Y la justicia, como cualquier institución humana sometida a presión, también tiene sus Lazarillos. No por maldad. Por supervivencia. No por perversión. Por cansancio. No por ideología. Por agenda.
Sigamos. La Instrucción añade, con la dosis de solemnidad de rigor, que el incumplimiento podrá dar lugar a responsabilidades conforme a la LOPJ. Es el toque final, como el “y si no te portas bien, vendrá el coco”.
A mí lo que me fascina es que hemos llegado a un punto en el que se regulan hasta las esperanzas. Porque, no nos engañemos, de eso se trata. De la esperanza de que, ante una herramienta que ya está en el bolsillo de medio país, la respuesta institucional sea una cadena de “solo si” capaz de aguantar el día a día. Solo si es oficial. Solo si es trazable. Solo si es seguro. Solo si. Y al otro lado, la vida contestando con esa voz vieja del Lazarillo que atraviesa siglos. Sí, señor, como mande.
Quizá la Instrucción no sea inútil. Quizá sea un espejo. Un espejo que nos enseña la justicia que querríamos tener cuando se redactan decisiones que afectan vidas y nos enfrentamos a herramientas que seducen por rapidez. El problema es que el espejo exige una cara que no siempre se tiene a las ocho de la tarde, con expedientes apilados, y el BOE mirando como si fuéramos una comunidad de ascetas. En ese choque entre el ideal calvinista y el barroco español, suele ganar el barroco. Siempre gana el barroco.
Y, por si a alguien le pica la curiosidad, resumo algunos de esos principios y los comento con ironía mínima, porque el BOE ya hace el resto.
El primero abre la puerta y la estrecha a la vez. La IA puede ayudar, pero no puede decidir. Puede sugerir, pero no puede valorar. Puede ordenar, pero no puede juzgar. Algo así como un pasante brillante al que se le permite subrayar lo obvio y al que se le retira el bolígrafo cuando se acerca al fallo.
El segundo es el famoso control humano real, consciente y efectivo, que como apunté antes, es una forma educada de reconocer que existe su reverso, el control humano ornamental.
Otro insiste en no volcar datos judiciales en herramientas no autorizadas y en cuidar la confidencialidad. En teoría, impecable. En la práctica, se parece a esos carteles de “prohibido pisar el césped” cuando el césped ya está aplastado. No por odio al césped, sino porque el camino corto siempre acaba teniendo argumentos.
Y aparece, por último, la trazabilidad y la formación. Saber qué se ha usado y cómo, y saber también qué hace la herramienta y qué no hace. Todo sensato. Solo que la trazabilidad es la ilusión del auditor y la formación a veces se convierte en ritual expiatorio, una manera de poder decir que se cumplió el trámite si un día algo sale algo mal.
Si uno lo junta, el retrato es claro. Se permite el uso, pero se exige una pureza de manos que no siempre se tiene cuando el sistema te pide velocidad. Se abre la puerta, pero se pone un felpudo de condiciones para que entres limpiándote los pies durante media hora. Mientras tanto, fuera, el mundo usa herramientas parecidas con una naturalidad casi insolente. Y a mi, esto último, no es que me parezca admirable … pero esto es harina de otro costal.


