Hay una escena de Tiempos modernos que es antológica. Chaplin atrapado en la máquina, el cuerpo obedeciendo a un ritmo que no es humano, apretando tornillos como si el mundo fuera una cinta transportadora infinita. Hoy la cinta no es de metal: es la bandeja de entrada. Y el tornillo es ese “solo es un email” que llega a las 22:47 como si no significara nada.
Pues resulta que el Juzgado de lo Social nº 5 de Alicante ha confirmado una sanción de 1.501 € a una empresa por enviar fuera del horario laboral un correo que imponía una formación obligatoria (sobre acoso, nada menos) y, además, fijaba su realización en un horario que alteraba la jornada sin el preaviso mínimo exigible. A deshora, con prisa, y con esa especie de fe ciega en que la vida de los demás cabe en tu calendario.
La bandeja de entrada como extensión de la jornada
El correo llega y, aunque no lo abras, ya ha hecho su trabajo. No hace falta una orden explícita. Basta el subtexto: “esto va contigo”, “tienes que enterarte”, “lo tienes que hacer”. Y entonces empieza la trampa moderna: estás fuera de horario, pero no del todo. Porque una parte de ti se queda atada a la posibilidad de que haya algo importante ahí dentro.
Durante años se ha hablado de desconexión digital como si fuera una especie de “buenas prácticas”, casi de educación. Pero en realidad es algo más básico: es un límite. Una frontera entre el tiempo propio y el tiempo ajeno. Lo que viene a decir esta sentencia, con bastante sentido común, es que no puedes dar por supuesto que un trabajador esté obligado a mirar el correo fuera de su jornada. Y, sin embargo, este supuesto es el que sostiene muchas organizaciones: no se exige formalmente, pero se espera; no se castiga, pero se recuerda; no se escribe, pero se entiende.
Lo que castiga la sentencia no es el email, es el estilo
Y aquí está la paradoja bonita (y un poco amarga): el correo anunciaba un curso obligatorio sobre acoso laboral. Es decir, sobre dignidad, respeto, cuidado. Pero el modo de comunicarlo fue exactamente lo contrario de un cuidado: se envió fuera de horario y, además, se pretendía encajar la formación alterando la jornada con un preaviso que no llegaba al mínimo.
Eso revela algo que se ve mucho en la vida real: hay empresas que compran el discurso del cumplimiento, pero no cambian el hábito. Se cuelga el cartel, se firma la política, se programa el curso… y luego se gestiona como siempre: con urgencias inventadas, con plazos imposibles, con esa ansiedad de “lo necesito ya” que convierte cualquier actividad en una carrera.
La sentencia, al final, actúa como un pequeño freno de mano, como diciendo, si vas a mover piezas de la jornada, hay reglas; si vas a imponer una obligación, hay tiempos; si quieres que algo sea serio, compórtate como si fuera serio. Y, sobre todo, deja de operar como si el tiempo de los demás fuera una extensión natural del tuyo.
Quizá esa sea la reflexión más incómoda: la desconexión no se rompe cuando alguien contesta. Se rompe cuando alguien envía, a deshora, y espera que el mundo se adapte. Y en esa espera está la versión moderna de la máquina de Chaplin: no hace ruido, no tiene engranajes, pero te arrastra igual.


