Ha caído en mis manos una sentencia de la Audiencia Provincial de Alicante (Sección 8ª) de 8 de octubre de 2025, y, aunque el asunto de fondo gira en torno a la exoneración del pasivo insatisfecho, lo que de verdad llama la atención es un párrafo, digamos, lateral, casi una nota al margen.
La Sala empieza con educación, con esa que consiste en decir “no es un dechado de precisión forense” cuando en realidad apetecería decir “vaya jeta”. Pero el golpe no está ahí. El golpe llega cuando constata que el recurso de apelación en cuestión no solo pretendía sacar de la cita a una sentencia del Tribunal Supremo una doctrina que la sentencia no fija, sino que además le atribuye, entre comillas, un texto que no existe. Y no trata de una frase de relleno. Son párrafos enteros, perfectamente construidos, con mención a una Directiva europea, al TJUE, y una conclusión redonda, de las que te dejan el asunto ya sentenciado.
Pues bien, en este punto la Audiencia propone dos hipótesis. O esto son “alucinaciones” de la inteligencia artificial, o es un engaño de los de toda la vida con el encanto folclórico de la picaresca y con un punto de desprecio por la buena fe procesal.
Lo divertido (si es que algo puede ser divertido en este mundo de la justicia) es que las alucinaciones no las ha inventado la IA. La IA, en todo caso, las ha modernizado. Antes las alucinaciones tenían aspecto humano: “como es sabido”, “jurisprudencia consolidada”, o “lo ha dicho una Audiencia” (no se especifica cuál, para no comprometerla). También los jueces (Homo sum, humani nihil a me alienum puto) han tenido sus deslices a base de memoria creativa, selectiva, del corta-y-pega, y del antecedente que se encaja con calzador.
La diferencia es que la alucinación humana suele dejar señales de pudor a modo de un “según reiterada jurisprudencia”, un “como es sabido”, una cita sin apellidos y, sobre todo, la prudencia de no encerrar en comillas (y encima en cursiva) lo que no está escrito en ningún lugar. La alucinación algorítmica, en cambio, no duda, no titubea y no se sonroja. La IA no “miente” como miente un pícaro, con esa torpeza artesanal que acaba delatándolo; hace algo más peligroso: fabrica verosimilitud. Y la sirve con tono solemne, sintaxis impecable y esa cadencia burocrática que, por alguna razón, parece convertir cualquier cosa en respetable.
Ahora estamos viendo estos casos como anécdotas. Pero van a ir a más. No tanto porque el mundo se haya vuelto de repente más tramposo (la fauna es estable; del Lazarillo de Tormes para acá, la picaresca no se ha extinguido), sino porque ahora el error se puede producir en serie. Y el problema no es la máquina. El problema es el humano que firma sin mirar.
Y el día realmente peligroso no es aquel en que un tribunal lo detecta y lo desactiva. El día peligroso es el día en que no se detecte, cuando la cita falsa pase por cansancio, por confianza o por falta de tiempo. Entonces se corre el riesgo de que se replique en un escrito judicial y después en una resolución, para acabar convertida en doctrina por el método más antiguo del mundo: repetirlo hasta que parezca verdad.
Esto, en un sistema que vive de textos y autoridad, es la versión jurídica de la posverdad: no importa si ocurrió. Importa si está escrito y si circula.


